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viernes, 3 de febrero de 2012

Sin mirar a nadie



(Alexander González)

Hay gente que define el cementerio, el hospital y la cárcel como la triada de las dificultades sociales. Cada uno de estos espacios hace de la vida de quienes por alguna circunstancia pasan por ellos, un verdadero calvario. Por los momentos, sólo voy a referirme a uno de los momentos más reveladores que viví en un centro penitenciario.

Entrar a una cárcel encarna una experiencia única y algo incómoda, en principio por las interminables colas que se hacen para ingresar al recinto, en especial la sección de las mujeres, donde todas aseguran que sus familiares recluidos son inocentes. La primera vez que entré a la Penitenciaría de Trujillo (Edo Trujillo) me temblaba absolutamente todo el cuerpo. La expectativa de ver un mundo totalmente desconocido se expresaba en mi voz, sí en mi voz; tartamudeaba cada vez que alguien me pedía la hora, vale destacar que era lo único que hablaba.

Nunca se me olvidará el momento en el cual el militar de guardia gritó de forma muy arrogante: “¡pasen cinco!”, entre los cuales me incluía. Me pidieron la cédula de identidad al mismo tiempo que me preguntaban la edad, no creían que ya era mayor de edad. En mi brazo izquierdo colocaron una cantidad de sellos, y me dio la impresión que la tinta se les iba a terminar; además me dieron un carnet que permitía ingresar a un cubículo donde la vergüenza no valía. La idea de desnudarme junto a tres hombres desconocidos para ser revisado, “por si alguien intentaba adherirse algo ilícito”, era bastante humillante. Pero no todo quedaba ahí, también tenía que saltar y tocar el suelo, así se descartaba cualquier sospecha irregular. Pero la deshonres no disminuía, por el contrario, se convertía en un sentimiento de rabia y repudio para con quienes nos obligaban hacer éste tipo de actos.

La forma como me revisaron unas arepas que llevaba a la persona que iba visitar fue tan brusca, que terminaron en una ensalada de arepas. Cada vez que me acercaba más y más a los llamados pabellones donde se encontraban los privados de libertad, mi capacidad de asombro rompía cualquier límite. Las instalaciones de aquel penal se parecían a todo, menos a un correccional, o al menos eso aprecié.

Los reclusos poseían un equipo de sonido que no se escuchaba desde afuera, pero una vez adentro ensordecía. Había piscina, restaurante, vendedores ambulantes, kioscos de ventas, dos iglesias, una para católicos y otra para evangélicos, hasta una discoteca, sí, una discoteca. Desde aquel momento que compartí suelo con privados de libertad, me limité a observar muy discretamente, así evitaba mirarles el rostro de las personas que vivían, o mejor dicho, sobrevivían en ese lugar, luego les digo el por qué. La idea de “caerle mal a alguien” invadía mis pensamientos, por esta razón evitaba verles el talante a los hombres que se encontraban allí. No veía la hora de encontrar a la persona que pretendía visitar, hasta que por fin lo encontré.

Las historias que fluyen prudentemente dentro de éste entorno son espeluznantes y, si quisiera referirme a ellas, tendría que dedicarles otros escritos. Sin embargo a veces las apariencias engañan; no todos los presidiarios parecían rudos o atemorizantes. Jovencitos pulcros y bien vestidos convivían con otros que daba miedo hasta pasarles por un lado, pero a ciencia cierta (como dice un dicho popular), los bien vestidos estaban en su gran mayoría, acusados por delitos más graves que los que amedrentaban por su personalidad. La cantidad de presos era inmensa, pero la razón no prevalecía en que estaban cumpliendo sus condenas, por el contrario, estaban esperándola; la gran mayoría padecían de un mal, llamado retardo procesal.

¿Recuerdan que les comenté que las hombres que pasan sus días en aquella cárcel, más que vivir, sobreviven? Las razones son muchas, basta con pasearse por sus dormitorios, a los que ellos llaman “comunas”; no desperdician ningún espacio para acomodar, o tratar de hacerlo, un recluso más para que tenga un lugar donde dormir. Creo que para estas situaciones, declarar un sitio como ocioso no tiene cabida. 

El nivel de confianza dentro de éste mundo es muy bajo. Conversar con los internados o con sus visitantes representaba un desafío personal; escoger milimétricamente las palabras para no ofender o contradecir a alguien aunque no estuviera de acuerdo, tenía que ser mi premisa. Jamás comentaba en el grupo en el que me encontraba la carrera que estudiaba (Periodismo), el motivo era algo desalentador, los profesionales de éste oficio no eran muy bien vistos; los calificaban como exageradores y malversadores de los acontecimientos reales.

Las horas se hacían eternas, por un lado quería compartir más tiempo con quien visitaba, pero también quería salir de aquella semiosfera invadida por la incertidumbre. La despedida era crucial y llevaba a la nostalgia, porque no sabría definir si dejar a un familiar dentro de ese mundo, es más seguro que estar libre. Lágrimas y suspiros me acompañaban por los pasillos que conducían a la salida. Por esos pasillos uno puede observar a otros que comparten las mismas características de tristeza como uno; aunque hay otros prójimos que toman aquella experiencia como rutina. Familiares y allegados de los reclusos retornaban a sus labores y hogares, unos vivían más lejos que otros y, dirigirse hasta ese lugar (la cárcel), revelaba una verdadera fuerza de voluntad, porque evidentemente era un esfuerzo humanitario, lástima que no todos lo sabrían apreciar.

Al pisar nuevamente la calle, anhelaba no volver a entrar a aquel mundo a los que muchos le temen, lamentablemente tuve que repetir la hazaña varias veces, donde encontraba y apreciaba nuevos casos y acontecimientos que obviaré por el momento. Desde ese día tengo la firmeza que todo aquel que quiera hablar de los centros penitenciarios, debería entrar en ellos, porque creo que no podemos opinar, criticar y mucho menos reprochar de algo, que aún no hemos vivido.