Aparentemente el diálogo no les conviene a algunos; cuando todavía no se conocía explícitamente el contenido del Plan Nacional de Pacificación, “estudiantes” del Táchira protestaban por la inseguridad, ni siquiera esperaron conocer los lineamientos que regiría la nueva política de seguridad por parte del Ejecutivo Nacional. No sabían si ese plan sería drástico o “blandengue” (poco contundente), y sin embargo encendieron la mecha.
A la protesta se le sumaron otros componentes, la situación económica, la supuesta injerencia cubana, etc. Lamentablemente en nuestro país se critica la parcialización, pero se le suman a ésta. Los movimientos estudiantiles no se centraron en impulsar y vigilar que los primeros acercamientos entre la oposición y el Gobierno diera frutos para el bienestar de la nación, de sumar esfuerzos para consolidar políticas públicas coordinadas entre los diferentes niveles de gobierno; no sucedió así, al contrario, se sumaron al llamado de un sector político para ponerle fin al Gobierno de turno por ambiguos mecanismos, coyuntura que trajo consigo violencia. El movimiento estudiantil no debe defender ideologías parcializadas, ni regímenes, debe buscar la mejora social de la nación, lamentablemente en Venezuela los “representantes estudiantiles” responden a intereses políticos partidistas más no a principios sociales nacionalistas, no sé si de forma consciente o se les ha manipulado.
En una democracia existen diversos puntos de vista, porque la sociedad es heterogénea, en algunas ocasiones se coincide, en otras oportunidades reina el disenso, pero se debe entender que así se vive en democracia. Se supone que criticar una aptitud, una postura, una decisión, implica contrarrestarla con acciones que presumimos deben ser las correctas, entonces no pueden quejarse de la violencia quienes actúan como delincuentes.
Defender una postura política, sea cual sea, no significa ser ignorante, tampoco nos da derecho de arremeter contra el que piensa distinto, recordemos que nuestros derechos terminan cuando comienzan el de los demás; la verdadera ignorancia está en la intolerancia, en la falta del valor del respeto y del reconocimiento. Si valoramos acontecimientos violentos como hechos heroicos, y pasamos por debajo de la mesa la organización, el laberinto hacia la paz puede complicarse aún más, que alentará a nuevas generaciones a salir de una difícil situación con acciones nada democráticos.













