Esta crónica ofrece testimonios de lo vivido por los habitantes del sur de Valera durante febrero, mes caracterizado por fuertes protestas en todo el país
(Cortesía DLA - Trujillo: Mariángela Gatta /
gatta.mariangela@gmail.com /
@mariangatta / Gráficas: Heidy Vielma @hecarolvi)
Una semana de tranca en El Murachí y Javier Briceño se queda sin gas. Quienes llevan las bombonas a La Puerta no pueden pasar, las barricadas puestas en Valera miden al menos dos metros. Javier mira con desdén la bolsa de pan y lo apura con un vaso de refresco, ¡Hace tres días que come lo mismo!
John Tique tampoco tiene una nueva bombona, por eso le pide una a sus vecinos, que tienen gas pero no comida. Los anaqueles de los abastos y bodegas se vacían rápidamente, a las neveras de los locales no les queda ninguna clase de bebida, los vecinos toman y comen lo que queda en las tiendas, ¡Gústeles o no!
“Pero mi amor, es que se me acabó el saldo y no hay tarjetas telefónicas, ¡Aquí en Mendoza se acabó todo!” Le dice Juan Torres a su novia María Araujo, quien vive en El Dividive y entiende que el paso está trancado en el Valle del Momboy, pero no concibe que su pareja no la llame ni le envíe el usual mensaje que anuncia “los buenos días” cada mañana. “No hay nada qué comprar, mi curruncunchún ¿Cómo van a haber tarjetas si no hay ni comida, gas ni gasolina? ¡Estamos secuestrados! ¡Aquí no entra ni sale nada ni nadie!”, explica él con voz de bebé.
Los vecinos cuchichean, en privado comentan su descontento: Felipe Aguilar tiene consulta médica en Valera y no puede moverse de San Isidro, Clotilde Briceño se mira al espejo y ve que su piel se tiñe de un matiz verdoso, necesita someterse a su terapia de diálisis pero decide esperar a que pase el revuelo. “El tiempo de Dios es perfecto”, dice al compás del vaivén de la mecedora.
Rosa Francisca Peñaloza no está dispuesta a esperar, se baña, viste su conjunto morado, ese con florecitas negras, coloca el dinero entre los sostenes y saca los dientes postizos del vaso con agua. ¡Yo sí me voy a Valera, me toca consulta con el doctor y me van a tener que dejar pasar! Su hija, en vista de que no puede persuadirla, la acompaña. Ni el informe médico de la doña, ni sus padecimientos cardíacos persuaden a los manifestantes. ¡No hay paso y punto!

Los murmullos desaparecen, se habla en voz alta porque la gente está incómoda. Los vecinos se visitan y coinciden en el malestar provocado por la tranca, algunos hablan de “quitar a los carajitos por la fuerza”, en especial Elio Chinchilla y sus compañeros campesinos, que no pudieron comerciar cientos de kilos de verduras y hortalizas al impedírseles el paso hacia otras regiones. Los ánimos se caldean, los viejos escupen chimó y blanden sus machetes, “lo que les espera a esos co…”, dice Marcos Pérez con los dientes apretados. Pero se impone la razón, aunque la mayoría está de acuerdo con despejar las calles y quitar la barricada principal, que está en El Murachí, se deja en claro que se hará por la vía pacífica.
“La cosa no está fácil, esa gente tiene caucheras, bombas molotov, tubos llenos de pólvora con mecha y todo, ¡Hasta habrá francotiradores!, mejor nos quedamos quietos. Total, esos no van a aguantar mucho en este plan”, opinaba una fracción del numeroso grupo reunido en la plaza Bolívar de La Puerta. Ese razonamiento, más otras especulaciones sobre el potencial del armamento de quienes manifestaban apaciguaron los ánimos. Al menos por dos días más…
La comida se acaba, sólo quedan caramelos, agua mineral y uno que otro pan. Sin suministros básicos, quienes moran en el Valle del Momboy y trabajan en Valera y viceversa, más los agricultores que perdieron sus cosechas gastan sus últimos mensajes de textos en convocar a los vecinos ¡Hay que resolver ya!
El punto de encuentro es Agua Clara, a las 3 de la mañana llegan al lugar habitantes de La Puerta, San Isidro, Mendoza Fría, Los Cerrillos, Conchemira y San Pablo. A las 6 de la mañana continúa llegando gente, pero aún no se decide qué se hará. Lo seguro es que el pueblo bajará a poner orden, pero las opiniones se dividen entre hacerlo a la fuerza o dialogando. Omar Álvarez, uno de los dirigentes comunitarios, expresa que las soluciones se conseguirán dialogando y que los pacifistas estarán al frente de la marcha y mostrando sus rostros. “¡Si alguien se encapucha se lo tiramos a la Guardia!”, acuerdan.
Resueltos, los habitantes del Valle del Momboy se acercan a Valera en busetas prestadas por transportistas que hacía una semana no podían trabajar, dada la interrupción del paso. Invitando a quienes consiguen en el camino, 300 personas llegan al Gianni y como no ven a nadie, no tienen mayor dificultad en quitar la barricada, colocar las tapas de alcantarillas en sus sitios originales y depositar la basura en bolsas. Más abajo, a la altura del liceo Ciudad de Valera, hay barricadas ¡Con manifestantes incluidos! Los “restauradores del orden” repelen a los estudiantes rebeldes lanzándoles piedras. Así los residentes del sur de Valera comienzan a limpiar la calle y descubren que sus adversarios no están armados, entonces se tranquilizan.
Los escasos 40 huelguistas corren al ver a la multitud que se acerca y suben a la azotea de El Murachí. Desde abajo Omar les grita: “Bajen, queremos hablar”, entonces varios muchachos se quitan sus capuchas y dialogan con la contraparte.
• ¡Tenemos hambre, no podemos hacer una vida normal, tienen que quitar esa barricada! exponen Omar y su grupo.
• Nosotros también tenemos hambre e interrumpimos nuestros trabajos y estudios, es culpa de la guardia que nos les lleven camiones de comida a ustedes.
• ¿Pero cómo va a ser si ustedes son los que trancan el paso? ¡Nos tienen secuestrados!
• Así van a estar las cosas hasta que su Presidente hable con nosotros, lo único que podemos hacer es permitir el paso dos horas cada día.
Se escucha una fuerte algarabía, amenazas de arremeter contra los manifestantes, personas conteniéndolos y evitando la violencia. Quienes protestan queman una moto de sus adversarios ¡No hay trato!
- ¡Nosotros vamos a quitar esta vaina de aquí y se acabó!
Interrumpido el diálogo, las manos de 300 hombres y mujeres se aprestan para remover escombros, desechar basura y lavar las calles con agua y jabón, como si el vital líquido tuviese el poder de hacer que los acontecimientos que se fuesen a suscitar de ahí en adelante fuesen tan diáfanos como él. “Pusimos el orden que no pudo poner la guardia”, dice Omar…
Río revuelto
Durante la semana en que se trancó el paso, varios moradores del Valle del Momboy pescaron en río revuelto colocando barricadas en La Puerta y zonas aledañas, incluso cobraron peajes a sus vecinos. Los motorizados hicieron de las protestas un negocio, pues para ellos el acceso no se encontraba limitado y sabotearon los intentos de restablecer la paz, de acuerdo a lo narrado por los testigos.